Un texto politico atravesado por los cambios del afuera | Carlos Fos

Dos de los acólitos formados en el sindicato de panaderos de Rosario se destacaron en sus largos recorridos por los montes del norte de Santa Fe y Chaco. Se trata de Isidro Vega y Valiente Gutman. Vega había trabajado parte de su juventud como linotipista y con sus conocimientos fue un impulsor del uso del boletín y, cuando los medios lo permitían, del periódico. Sentía a la palabra escrita como un triple compromiso militante, que involucraba al que la escribía, al impresor y al osado distribuidor. En muchas ocasiones, estas tareas tan especializadas y segmentadas en las propuestas burguesas estaban en manos de una misma persona. La circulación del material en épocas o zonas de riesgo (por la represión
creciente) demandaba prácticas sostenidas en el sigilo y la simulación. Los espacios de encuentro en los que se realizaba el trueque de periódicos o volantes eran públicos y ante cualquier peligro detectado, la operación se abortaba. Pero estas dificultades no eran capaces de disminuir la pasión de
los libertarios por expresar sus ideas en tinta y papel. Vega era un fiel exponente de esta tozudez positiva, capaz de dedicarle días a la redacción de sus artículos y a diseñar canales para que los mismos fueran leídos por el mayor número posible de adherentes al movimiento.

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Estado y Teatro, los equívocos en los comienzos de una relación | Carlos Fos

La relación de las salas teatrales en Buenos Aires con los distintos niveles de organización de gobierno, estuvieron signadas por dificultades desde sus lejanos inicios. Los permisos demorados del Cabildo a las obras a estrenar en el Teatro de la Ranchería o el Coliseo Provisional, las necesidades de dar respuesta desde lo ideológico en las programaciones, de acuerdo a los sectores de turno en poder, fueron moneda corriente en el siglo XIX. Censura, “Tribunales de buen gusto”, presiones embozadas o directas, ennegrecían la independencia de las propuestas escénicas, tornándola imposible. El propio virrey Vértiz, promotor de la primera Casa de Comedias estable en la ciudad, aceptaba que las obras que se llevaran a escena fueran censuradas, con el objetivo de que se purificaran “de cuantos defectos pueden corromper la juventud y servir de escándalo al pueblo y que se revisen antes las comedias y se quite de ellas toda expresión inhonesta o cualquier pasaje que pueda mirarse con este aspecto.” El incendio, posiblemente provocado por sectores reaccionarios vinculados a los poderes eclesiásticos locales, privó a Buenos Aires de su única sala. El primer periódico de la capital del Virreinato del Río de la Plata, el Telégrafo Mercantil, señalaba en su edición del 19 de septiembre de 1801: “¿Y es creíble que una Capital populosa, fina, rica, y mercantil carezca de un establecimiento donde se reciben las mejores lecciones del buen gusto, y de una escuela de costumbres para todas las clases de la sociedad: fuente deliciosa de primores y encantos, sin que el copioso número de generosos patriotas arbitre un robusto fondo gratuito para su perfecta y culta erección en los días de un Gobierno feliz y protector? La falta de teatros, dice un Sabio, que es el mas feo y fastidioso olor que puede enviar la rudeza de los pueblos.”

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