Los grupos independientes como colectivos de aprendizaje y su relación con un instrumento de formación de actores del Estado peronista

Por Carlos Fos

El teatro independiente había alcanzado a fines de la década del cuarenta del siglo pasado un nivel de madurez, apreciable en textos como “El puente” de Carlos Gorostiza. Las disputas en torno a la posición de Barletta habían generado una diáspora del elenco del Teatro del Pueblo, que no sólo no debilitó al movimiento, sino que lo multiplicó en propuestas. En términos generales, las diversas agrupaciones que surgieron mantuvieron un posicionamiento intelectual, didactista y políticamente antiperonista. Creían en la formación integral escolástica, a partir de un sistema organizado de estudios, que no debía reducirse a técnicas o prácticas escénicas, sino que apuntaría a construcción de un hombre con espíritu crítico. Uno de los propósitos incluidos era el de poder crear un sistema que auspiciara el mejoramiento técnico y cultural de las agrupaciones teatrales. La mayor parte de los mismos, por su precariedad económica, debieron dedicar la primera etapa de construcción a solucionar problemas básicos de índole material, desde contar con un local propio hasta reunir las herramientas indispensables para concretar una puesta en escena.

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