Miguel Torres, el siemprevivo

Miguel TorresArtigo de Iván Bernal Marín sobre o diretor teatral colombiano Miguel Torres. Publicado originalmente na revista Dominical, El Heraldo

Entre hilos de humo, Miguel Torres recuerda bombazos secos, estampidas histéricas y tanques de guerra disparándole al Palacio de Justicia.

Los ojos al vacío, y la mente hundida en imágenes y ruidos de 1985. “Es una obra que creo que es necesaria. Hay mucha gente que no la ha visto, un público nuevo”. Aplasta la colilla contra el cenicero, y mientras se desgajan las últimas hebras grises lo anuncia: revivirá La Siempreviva.

Hace 6 años, en 2006, fue la última vez que la presentó. Había sido estrenada en agosto de 1994. Está basada en los trágicos sucesos de la toma del Palacio por las guerrillas del M19, y la retoma por el Ejército. Episodio de la historia colombiana en el que murieron un centenar de personas, entre las que se encontraba el presidente de la Corte Suprema y 10 magistrados.

También estaba entre las desaparecidas Julieta Marín, quien nació en la imaginación de Torres. Ella está inspirada en una desaparecida real, Cristina Guarín Cortés. La obra plasma la tragedia que no quedó registrada en las cámaras. Más allá de las explosiones que Torres sintió desde el noveno piso del edificio Santo Domingo, a una cuadra del Palacio donde estaba cuando todo sucedió. Retrata la cotidianidad de una familia de clase media, con una hija que se costea la carrera de abogada trabajando en la cafetería del Palacio. La tragedia de una madre que se rehúsa a aceptar que su hija esté muerta; de un hermano que intenta exigir una indemnización al Estado; de una casa convertida en inquilinato; de una mujer que enloquece y una familia que se desmorona.

“Se configuró una visión acerca del problema, trasladándolo a una familia en particular que sufre las consecuencias. En el inconsciente colectivo esa tragedia caló mucho”, dice Torres en su oficina en el barrio Teusaquillo. Fuma un segundo cigarro, a la sombra de un póster de su obra insigne.

Él es considerado uno de los padres del arte dramático en el país. En 1970 fundó el Teatro El Local, que desde entonces ha realizado 27 montajes, más de 400 temporadas teatrales, y ha participado en 25 eventos y festivales internacionales.

En sus 12 años de vida, La Siempreviva tuvo más de 600 funciones. Fue aclamada por la crítica, y descolló en eventos como el Festival Iberoamericano de Cádiz, España, 1996; el Festival Internacional de Teatro de Caracas, 1997; y el Festival Mundial de Teatro de La Habana, 1997, entre otros.

Sube y baja.

El Local comenzó en un pequeñositio, en la calle 53 con carrera 13. Fue adaptado como una sala con 80 puestos. “Ha sido como una montaña rusa. Con momentos de mucha actividad y de tranquilidad económica, y otros momentos inactivos, muy azarosos económicamente”.

El grupo salió de allí l y estuvo un tiempo “como en el vacío”. Luego, en 1985, compraron un lote en la calle 19 con carrera 3, con la ilusión de construir una sala. Nunca se concretó. Vendieron el lote y compraron una casa en la calle 11 con 2 del barrio La Candelaria.

Torres ganó una beca de Colcultura en 1992, con el proyecto La Siempreviva. Investigó testimonios de víctimas y personas cercanas al suceso. Escribió más de 10 versiones hasta que consolidó la dramaturgia final. Cuando debía empezar la obra, todavía no tenían sala. “Me quedé un día mirando el patio, y extrañado, pensé: aquí es donde hay que hacerla. Como una revelación. Y la hice ahí, y ahí fue que funcionó”.

La Siempreviva se presentaba en la terraza, en los cuartos y corredores de la casa. El público se sentaba alrededor, en la sala, en el comedor; invadía la intimidad de los personajes. Como un reality de televisión, solo que con actores, y en vivo. “Se creaba una relación voyerista, una cosa muy especial que hacía que el público estuviera inmerso en la obra”.

Había una gran carga de humor ácido. En el comienzo hay mucha festividad. Pero se van degenerando de tal forma las relaciones entre los siete personajes, que al final parece un manicomio. “La gente se comunicaba mucho con la obra”. Las familias de las víctimas del holocausto empezaron a frecuentar las funciones.

En sus reuniones para exigir respuestas del Gobierno, se compartían invitaciones. También empezaron a llegar asociaciones de paz y defensoras de los derechos humanos. Se volvió emblemática.

En 1995, los miembros de El Local empezaron a construir su propia sala. La terminaron en 2000. “Llegaron momentos de amenazas de paro, deudas y un ahogo económico muy grande que nos obligó a salir de la sala. De ese tiempo para acá, lo que hicimos fue prolongar la existencia de la fundación; no dejarla morir, pero la actividad decreció muchísimo”. Fue por la falta de apoyo, y la falta de un espacio teatral para poder trabajar las obras. Ahora, Torres prepara un nuevo montaje de La Siempreviva, para revivirla en noviembre.

Compromiso.

Torres estuvo en La Casa de la Cultura, fundada por Santiago García en 1966. “Fue un semillero. A partir de ahí empezaron a aparecer grupos que fortalecieron el teatro en la segunda parte del siglo XX. Comenzaron a crear muchísimo”.
El Local se concentró en la temática latinoamericana; los conflictos sociales y políticos llevados al juego teatral. “El trabajo en teatro es ser testigo de cosas que pueden quedar tamizadas a través de los medios; un poco veladas, ocultas, a medio decir. El teatro tiene un poder de veracidad escénico que es absolutamente insustituible”.

Torres hizo una obra sobre el secuestro. Escribió la novela El crimen del siglo, sobre el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. En 2000 ganó un premio de novela internacional con Cerco de amor.

El año antepasado escribió La paramorfosis, un parangón con La metamorfosis de Franz Kafka​ . Trata de otro Gregorio que, en lugar de convertirse en cucaracha, sufre un cambio radical de pensamiento. Su familia uribista lo acorrala en su cuarto, no le vuelve a dar de comer y le daña sus escritos, cuando él empieza a poner en tela de juicio su ideología conservadora.

“No necesariamente el teatro tiene que abocar este tipo de problemáticas para ser buen teatro. Incluso una obra sobre un problema familiar, un matrimonio, puede revelar lo que está pasando en el país a través de un pequeño foco”. Torres resalta la gran diversidad de manifestaciones teatrales que se encuentran hoy, en contraste con las épocas en las que él comenzó. “Hay buena calidad, buenos actores, que no necesariamente están abordando grandes problemas. Pero sí problemas del individuo”.

Lo que no ha variado mucho son las barreras económicas para el arte. Las ataduras a la creatividad. El teatro sigue siendo esa montaña rusa de la que él estuvo a punto de caerse, en esos días en los que tenían que ensayar en apartamentos. “Muchísimos grupos no tienen dónde trabajar. El problema es económico. Si los grupos tuvieran una situación más holgada, podrían producir cosas más buenas, más frecuentemente”.

Las salas para presentarse siguen siendo escasas. La programación es apretada, y las obras solo pueden estar unos pocos días. No hay financiación que permita planear largas temporadas, pagar bien a los actores ni aspirar a escenografías costosas. Aplasta el tercer y último cigarrillo de este encuentro. “Eso también le da mucho valor al teatro colombiano. Las adversidades crean una manifestación imaginativa. Al no tener medios, hay que poner a trabajar la imaginación para sustituir muchas cosas que habrían sido hechas de otra manera”.

Suena contradictorio, pero es de una lógica aplastante. Si no hay más opción, la necesidad de vencer los obstáculos económicos desarrolla el músculo creativo. Para romper la cadena de la austeridad y la escasez, surgen ideas audaces, transgresoras; se despiertan novedosas formas de hacer las cosas. Como convertir una casa de familia en un escenario.

 

 

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