El Nobel de mis sueños

Por Gustavo Ott

(a propósito de la visita de Mario Vargas Llosa a Caracas)

Hace un par de años, en Paris, conocí al poeta, hombre de teatro y Premio Nobel de Literatura, Derek Walcott. Fue mi primer encuentro con un Nobel y desde que supe que coincidiríamos en una conferencia y en un par de tertulias, me entró cierto pánico. No sé; lo del Nobel me preocupaba. ¿Cómo debía comportarme frente a él? Yo, un escritor menos Nobel, mucho menos Nobel que él.

Decidí entonces que si la discusión derivaba sobre los temas de siempre para estos latinoamericanos sin fronteras; el poder, la economía, y sus ideologías, pues yo debía bajar la cabeza y aceptar que, por Nobel, sus opiniones estarían muy, pero muy por encima de las mías. Y que yo, lo mejor que podía hacer, era oírlo, asentir con la cabeza y, no dejar de tomarme una foto con él.

Pero Derek fue el Nobel de mis sueños. No sólo nos llevó por su poesía, leyéndola con alegría sospechosa, sino que sus opiniones, que yo pensaba serían taxativas y de orden divino, nos llegaron con  una humildad seductora, dejando claro que hay cosas en las que él cree y sabe y no duda, pero que admite que hay otros que las viven y que, por ende, saben más que él.

Que vivir mata axiomas, sin más.

Quedaba claro para mí que su obra, que es como una hermosa sugerencia que te arrastra, se identificaba con él, aunque admito que no tenía porqué.

Hoy, nuestro Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa regresa a Venezuela. Lo veo por la televisión y leo las entrevistas que los medios le han hecho y de pronto pienso lo mismo; lo que él dice, como Walcott, no tiene porqué coincidir con su obra. Ni siquiera con lo que propone su obra. Aunque sí, hay que decirlo, el peruano se dirige a nosotros con cierta arrogancia que no mostró jamás como novelista.

Yo tendría doce años cuando encontré, en la repisa de mi casa, “La Casa Verde”, editada por Seix Barral. Era un librito blancuzco y de letras pequeñas comparadas con el de Papillon, y El Padrino de Puzo, que estaban a su lado. Sin saber, a mis doce años, elegí al peruano. Y vaya si fue una decisión de esas que salvan vidas. O por lo menos el tiempo, que es casi lo mismo. Desde esa lectura, a Vargas lo tengo entre los míos, y es de los autores que, como Nicole Krauss, Franzen o Munro, me molesta cuando tardan en publicar. Esperar por su ultima obra me agobia. Quiero decir que mi admiración sigue intacta.

Por eso, hoy me impongo verlo con cariño, como a Walcott, aunque sé que será difícil. El escritor ha llegado a Venezuela no para opinar, sino para decirnos lo que tenemos que hacer. Ha hablado como si de pronto lo declararon el padre de la patria. Ruge con esa seguridad  redentora del que expone sus ideas sobre el destino de las sociedades actuales como si la realidad se tratara de una ecuación, como si estuviera sacando la cuenta en el restaurant, como si todo esto lo resumimos en una reunión de la Junta de Condominio.

Pero yo sigo queriéndolo, incluso cuando exclamó que nuestro pueblo, todo él, se ha equivocado votando por Chávez. Nada menos. Ni siquiera matiza la frase, digo, para no parecer tan soberbio, que siempre cuando uno anda de visita es feo, así me ensañaron. No, señor. Más bien se lanza de inmediato con su catecismo sobre economía y libre mercado, que repite de memoria con los mismos énfasis y gestos, -mira que yo lo quiero y lo oigo mucho y doy fe-, y lo expone todo como si fuera un cuento de hadas empaquetado y listo para la entrega, como un evangelista brasileño que nos certifica no solo la promesa, sino la utopía también.

Entonces me doy cuenta. El bueno de Vargas está adoctrinado y está adoctrinando. No admite variantes, exactamente al contrario de su obra, que siempre he visto como un monumento inolvidable sobre la vulnerabilidad. No me molesta, pero sí lo imagino por aquí donde estoy yo, en la parroquia San Martín, al oeste de Caracas, donde vive la mayoría de la población. Esa mayoría bien clase obrera y pobre y punto, donde se concentra también el mayor número de estudiantes del país, en todos los niveles. Y todos en sus pupitres, en clases, desde hace tres meses.

Digo que me gustaría verlo con sus ojos penetrantes y su porte de Nobel diciendo eso frente al Metro Artigas, al lado del Teatro San Martín, y me imagino también a mí a su lado, tomando nota, como ese reportero que he dejado de ser, para dejar constancia de lo que sería la reacción de la gente.

No es que por aquí el pueblo no sepa lo que es un Nobel, claro que sí. Pero conociendo a mi caraqueño vecino, casi te puedo predecir lo que, con esa combinación de respeto, altanería y mamadera de gallo que los venezolanos dominan para ponerte en tu lugar, en ese entrenamiento extremo tan de mi pueblo para desmontar jerarquías, élites, altaneros y patiquines en general, le responderían a nuestro Vargas LLosa: señor, usted será lo que sea, pero yo hago con mi voto lo que a mí me viene en gana.

Aprovecharíamos, luego de la carcajada hasta del mismo Vargas, querido y entrañable, para darle ese otro parte de la realidad de los últimos meses en Venezuela y de la que él parece no andar muy enterado.

Porque el novelista da la impresión de que vino no a oír, sino a decirnos nada menos que la verdad y hasta lo que tenemos que hacer. Así, sin más. A nosotros; estos de Venezuela que andan tan desamparados de intelectuales. O por lo menos de Nobel, que parece que funciona como condición.

Esa noche, Walcott llegó nervioso a lo que sería su homenaje en la Comedie Francaise. Me llamó, quizás porque era yo el único con el que podía hablar inglés -y hasta molestar y burlarse, con poquita clase pero con gusto, como solo los de teatro sabemos hacer,- y me dijo;

-Estoy muy preocupado porque olvidé la corbata. Y me parece que este acto requiere una. ¿Qué crees?

Lo vi como si fuera mi hermano menor. Un Nobel que me llevaba treinta años, pero más joven que yo. En él me veía a mí mismo suplicándole a mi hermano que me dijera la verdad; ¿este traje me queda bien? ¿Me puedes hacer el nudo de la corbata, que a mí me queda encaracolado? ¿Esa chama se fijará en mí?

Entonces, para quitarle la tensión al poeta caribeño –y siempre, muy enamorado, que ahora creo que ese era su interés real por lucir bien-, le propuse:

-Vamos a hacer una cosa; te cambio mi corbata por el Nobel.

Se echó a reír y con ternura literaria, respondió;

-No. No te lo cambio.

Hoy, viendo a Vargas diciéndole al pueblo de Venezuela lo que tiene que hacer, me doy cuenta de que no nos conoce. Que no tiene idea de lo que aquí somos. Y de que si pudiera venir por aquí, por mi oeste de Caracas, le haría la misma oferta que a Walcott.

Quizás se niegue también. Y es una lástima. Porque mira que tengo una corbata preciosa que le quedaría mejor que esa tan fea que lleva puesta hoy en Venezuela.

GUSTAVO OTT
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